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Salud

La argentina de 25 años que el mundo de la medicina no para de mencionar: desarrolló un gel que regenera el corazón.

Pilar Ferrer es bióloga, tiene 25 años y su investigación podría cambiar para siempre el tratamiento del infarto.

Por Neidi Bruscella
4 min de lectura
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Pilar Ferrer | Foto: CEDOC

Pilar Ferrer tiene 25 años, es bióloga egresada de la Universidad Favaloro y se convirtió en una de las caras más visibles de la ciencia argentina después de contar en el ciclo de Mario Pergolini "Otro día perdido" en El Trece en qué consiste el proyecto que lidera: un hidrogel inyectable capaz de reparar el tejido cardíaco dañado por un infarto. El video se viralizó en horas y recorrió el mundo. Pero la historia detrás del descubrimiento es mucho más que un momento viral.

El punto de partida de la investigación de Ferrer es uno de los grandes problemas sin solución de la medicina cardiovascular moderna. Cuando una persona sufre un infarto, el músculo cardíaco queda con una cicatriz permanente que no se regenera. Y esa cicatriz, con el tiempo, deriva en insuficiencia cardíaca y arritmias graves. El corazón, a diferencia de otros órganos, tiene una capacidad de autorreparación casi nula tras un episodio de estas características.

La investigadora utilizó membrana amniótica de placenta, un tejido con enorme capacidad regenerativa que ya se usa en medicina para curar quemaduras y heridas complejas. Transformarlo en un gel inyectable fue el principal desafío que Ferrer y su equipo lograron sortear. "Empezamos trabajando con una membrana amniótica, que es una parte de la placenta, justamente un tejido que se encarga de generar vida y ya se usa en la farmacología para curar heridas", explicó la bióloga. "Esto es sin células madre, solo la matriz. Un tejido tiene células y un soporte. Usamos el soporte."

El gel funciona como un andamio o matriz tridimensional que se inyecta directamente en el músculo cardíaco afectado. Su composición activa señales bioquímicas que inducen la formación de nuevos vasos sanguíneos y promueven la migración de células reparadoras. También ayuda a bajar la inflamación en el área del infarto, lo cual es fundamental para reducir el tamaño del daño final, y tiene la capacidad de adaptar su rigidez a las contracciones del corazón y sus propiedades eléctricas a la conductividad natural del órgano.

En pruebas preclínicas con ovejas, cuyo corazón es estructuralmente similar al humano, el hidrogel disminuyó el tamaño del infarto y mejoró la función de bombeo del corazón en 28 días. "Pudimos ver que el hidrogel activa los mecanismos necesarios para regenerar el tejido y que hubo un aumento tanto en la formación de nuevos vasos sanguíneos como en la proliferación de células cardíacas", explicó Ferrer.

Ferrer es licenciada en Ciencias Biológicas y CEO de la startup Amnova Biotech, que trabaja en colaboración con Amnios BMA, compañía argentina habilitada como Banco de Membrana Amniótica por el INCUCAI y como Laboratorio de Producto Médico por la ANMAT. El proyecto nació en el marco de su tesis doctoral en el Laboratorio de Medicina Regenerativa Cardiovascular de la Universidad Favaloro y se sostiene con financiamiento de CITES, el CONICET y la propia universidad.

La investigación se sostiene con recursos de la Universidad Favaloro, del CONICET y del sistema público de ciencia y tecnología. Esa trama institucional que, aunque enfrenta limitaciones presupuestarias crónicas, sigue siendo la base sobre la que se construyen los avances más importantes de la ciencia argentina. El objetivo de Ferrer es claro y ambicioso: avanzar hasta llegar a estudios clínicos en pacientes humanos.

El impacto potencial del descubrimiento es enorme si se considera la escala del problema que busca resolver. El infarto agudo de miocardio es una de las principales causas de muerte en el mundo. Solo en Argentina mueren más de 30.000 personas por año por enfermedades cardiovasculares. Si el hidrogel de Ferrer logra demostrar en humanos los mismos resultados que mostró en ovejas, podría cambiar radicalmente el pronóstico de millones de pacientes en todo el planeta.

Pilar Ferrer tiene 25 años, trabaja en un laboratorio en Buenos Aires y está construyendo algo que podría salvar millones de vidas. La ciencia argentina, con todas sus limitaciones, volvió a demostrar que cuando hay talento y voluntad, el origen no es un límite.

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