54 años de arqueología fierrera: la Ferrari de Froilán González volvió a rugir pieza por pieza
Un coleccionista rastreó por Santa Fe, Córdoba y Uruguay los restos del mítico monoposto que el campeón argentino ganó en Rafaela en 1958 y 1959.
Por Ariel Serato · Cofundador y editor de IA y Tecnología4 min de lectura
Una butaca original retapizada, frenos cascoteados por décadas de golpes, un motor Corvette recuperado de un piloto de lanchas en Río Tercero. Así se reconstruye la historia más improbable del automovilismo argentino.
La Ferrari-Corvette que José Froilán González usó para ganar las 500 Millas de Rafaela en 1958 y 1959 desapareció por partes después de un accidente fatal en 1967. Nadie la buscó seriamente durante años. Nadie, excepto Carlos Lioni.
El regalo de Enzo y el auto que nadie quiso ver perderse
La historia empieza con una amistad poco común. Según Lioni, González fue el único argentino que ganó en Le Mans y en Silverstone con Ferrari, un mérito que lo convirtió en amigo personal de Enzo Ferrari. Cuando el piloto conocido como "el Cabezón de Arrecifes" terminó su campaña europea, le pidió al Commendatore que le armara un auto a medida para competir en Argentina.
El resultado fue una Ferrari 166 adaptada con especificaciones propias —2,2 metros entre ejes, frenos de 625 y 340 mm, suspensión con puente De Dion— y motor Chevrolet Corvette 283 V8 de 4.700 cc y 325 caballos, ya que el motor Ferrari original no estaba homologado para la categoría Fuerza Libre local. Una solución criolla para una máquina europea.
El auto ganó dos veces consecutivas en Rafaela. Después pasó de mano en mano, acumuló modificaciones, perdió identidad y protagonizó un accidente en 1967 en el que murieron varias personas del público. Quedó "prácticamente destruido" y sus piezas se dispersaron por toda la región.
Arqueología fierrera: 38 años de búsqueda
Lioni comenzó la búsqueda en 1972, motivado por la historia de su abuelo —médico del Club Atlético Rafaela— y su padre, que compitió en Fórmula 1 Mecánica Argentina. Tardó casi cuatro décadas en reunir todas las piezas: recién hacia 2010 completó el acopio de partes.
El rastreo fue geográficamente ambicioso. El motor apareció en manos de un piloto de lanchas en Río Tercero. El tren delantero y los frenos, en Marcos Juárez, en poder de Oscar Ottonieri. El puente De Dion, con un preparador de la misma zona. La caja de dirección cruzó el Río de la Plata: estaba en Uruguay, vendida a un tal Attías que había coleccionado varias Ferraris de época.
"Todo lo logré con ayuda de amigos y fue un boca a boca", describió Lioni, quien definió su método como 'arqueología fierrera'. El auto había sufrido un 'canibalismo' sistemático: cada propietario le sacó algo y lo reemplazó por otra cosa.
El regreso en Autoclásica
El resultado de esa obsesión de más de medio siglo se exhibió en la última edición de Autoclásica, en la carpa dedicada al centenario de las 500 Millas de Rafaela —competencia que se disputó entre 1926 y 1975. La butaca es la original de González, retapizada. Los tanques de aluminio remachado fueron reconstruidos por un artesano sobre planos de época. Los frenos originales, cascoteados pero auténticos, fueron reconocidos como piezas de Ferrari a medida que se ensamblaban.
El último motorista que tuvo el auto, Aldo Bellavigna, llegó a ver la reconstrucción terminada. Su validación cerró el círculo.
Una Ferrari armada a pedido de un campeón, desguazada por el tiempo y rescatada por la memoria de un hombre que empezó a buscarla cuando tenía poco más de veinte años. La pregunta que queda abierta: ¿cuántas joyas del automovilismo argentino siguen esperando en un desarmadero a que alguien las reconozca?






