El compañero tóxico que destruye equipos: el problema que los líderes siguen ignorando
No siempre es el jefe. Los comportamientos tóxicos entre pares erosionan la confianza y el rendimiento, y persisten aunque cambien los liderazgos.
Por Julián Brus · Cofundador y editor de Negocios y Economía3 min de lectura
El daño ya está hecho antes de que alguien lo note. Y casi siempre, la mirada apunta al lugar equivocado.
Cuando un equipo empieza a funcionar mal, la reacción instintiva es revisar el liderazgo. Cambiar al jefe, reorganizar la estructura, contratar un consultor. Pero hay una variable que suele quedar fuera del diagnóstico: el compañero que drena energía, siembra desconfianza y hace del día a día un pequeño infierno colectivo.
El costo oculto que nadie mide
Según el análisis de Andrés Hatum publicado en La Nación, los colaboradores tóxicos erosionan la confianza, afectan el rendimiento y pueden convertir un equipo sano en un ambiente deteriorado. Lo más inquietante: estos comportamientos persisten incluso después de reorganizaciones y cambios de liderazgo.
No se van solos. Se adaptan.
El problema no es solo el daño que generan en el día a día. Es que su costo raramente aparece en ningún reporte: se mide en reuniones que no funcionan, en talento que se va en silencio, en conversaciones que nunca ocurren.
Cuando el entorno lo permite, el comportamiento se instala
De acuerdo con el análisis de Javier Gil Antelo, estos perfiles no crecen en el vacío. El 'sabelotodo' que monopoliza conversaciones o el 'quejoso' que solo critica sin proponer soluciones se consolidan cuando el entorno los tolera y el liderazgo no interviene.
La raíz del problema, según Gil Antelo, es cultural: organizaciones que priorizan 'llevarse bien' sobre decir la verdad terminan creando el ecosistema perfecto para que estos comportamientos prosperen.
Dicho de otro modo: la toxicidad no es un accidente. Es el resultado de correcciones que nunca llegaron.
El verdadero desafío para quienes lideran
Reconocer que el problema no siempre viene de arriba es incómodo. Implica que la solución tampoco viene solo de arriba.
Los líderes que evitan señalar comportamientos problemáticos entre pares —por comodidad, por miedo al conflicto, por una cultura que confunde armonía con silencio— están, en los hechos, habilitando el problema.
La pregunta que queda abierta no es si hay personas tóxicas en los equipos. La pregunta es cuántas organizaciones están dispuestas a hacer algo al respecto antes de que el talento más valioso decida que ya no vale la pena quedarse.




