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La máquina de cócteles que nadie pidió: por qué el robot de $300 no convence a nadie

Bartesian promete cócteles con solo presionar un botón, pero su precio, tamaño y sabor artificial abren dudas sobre quién es realmente su comprador.

Foto de Ariel SeratoPor Ariel Serato · Cofundador y editor de IA y Tecnología3 min de lectura
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Imagen: La máquina de cócteles que nadie pidió: por qué el robot de $300 no convence a nadie
Foto: TechCrunch

Un robot que hace cócteles suena bien en el papel. En la práctica, genera más preguntas que deseos de compra.

El Bartesian Duet cuesta 300 dólares, ocupa un espacio considerable en la mesada y requiere la compra de cápsulas a 2,50 dólares cada una, que contienen mezclas concentradas pero no alcohol, el cual el usuario debe aportar por su cuenta. El concepto es directo: se carga el espirituoso elegido, se inserta una cápsula con códigos de barra, y la máquina prepara desde espresso martinis hasta margaritas de sandía, según informa TechCrunch tras probar el modelo Duet.

La pregunta que no tiene respuesta clara

Amanda Silberling, escritora senior de TechCrunch, probó el equipo junto a amigos y llegó a una conclusión incómoda: ninguno pudo definir con certeza para quién fue diseñado este producto. No es para los amantes serios del cóctel —las cápsulas aproximan ingredientes como crème de violette con versiones no alcohólicas que los conocedores notarán de inmediato—. Tampoco para quienes viven en espacios reducidos, dado su volumen físico.

El sabor también genera fricciones. Silberling señala que la mayoría de las bebidas tenían un leve gusto artificial, y que ella y sus amigos terminaron agregando soda y jugo de limón para mejorarlos —lo que, según su propio análisis, contradice la propuesta de valor del producto.

¿Quién lo compra, entonces?

Las hipótesis que surgieron en la prueba son reveladoras: un robot de bar para una casa de playa de pareja mayor, una happy hour en un coworking, o el comedor de un geriátrico. Ninguno de esos escenarios apunta a un comprador masivo ni a un caso de uso cotidiano.

Lo más cercano a un elogio genuino llegó cuando se habló de las cápsulas de lemon drop —aquellas donde el único ingrediente alcohólico es el vodka que el usuario agrega—. Cuanto menos interviene Bartesian en el sabor, mejor resultado.

Hay un dato que resume la tensión del producto: quien tiene suficiente dinero para comprarlo y espacio para instalarlo, probablemente ya tiene un bar bien surtido. Y quien no tiene ninguna de las dos cosas, tampoco es el público objetivo.

La pregunta que deja el producto no es técnica ni de diseño. Es de posicionamiento: ¿puede un gadget de 300 dólares encontrar su lugar cuando nadie, ni siquiera sus usuarios satisfechos, puede explicar exactamente por qué lo necesitaba?

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