El daño que tardará 100 años en desaparecer.
Un médico mendocino condujo su Hilux por una zona prohibida de la Pampa del Leoncito, en San Juan, y provocó un daño ambiental que las autoridades no saben cuándo podrá revertirse.

Para entender la magnitud de lo que pasó el fin de semana pasado en San Juan, primero hay que entender qué es la Pampa del Leoncito. Se trata de una planicie ubicada en Calingasta, en el oeste de la provincia, que alguna vez fue el lecho de un lago y que, tras miles de años de ciclos de inundación y secado, quedó como una superficie perfectamente lisa y compacta, casi sin equivalente en el mundo. Esa lisura extrema —que la volvió célebre para el carrovelismo— convive con un ecosistema desértico extremadamente frágil, hoy protegido como reserva natural estricta, la categoría de mayor cuidado que existe en la legislación ambiental argentina.
El lugar alberga pumas, una especie de pez que no existe en ningún otro punto del planeta, y dos observatorios astronómicos internacionales que dependen de que la zona permanezca prácticamente intacta, sin luz artificial ni intervención humana. Por eso, el ingreso de vehículos está terminantemente prohibido en gran parte de su superficie.
Ese fue el límite que cruzó, el fin de semana pasado, un médico mendocino de 46 años identificado como Agustín Añó, al conducir una camioneta Toyota Hilux blanca hacia el interior de la planicie. Según reconstruyeron las autoridades, el vehículo avanzó cerca de 1,5 kilómetros hasta quedar atascado en un sector que, por lluvias recientes, se encontraba en pleno proceso de regeneración natural, con el suelo especialmente blando.
Al intentar salir, el conductor retrocedió entre 200 y 300 metros más, lo que multiplicó la extensión del daño. Según el intendente de Calingasta, Sebastián Carbajal, quien caminó personalmente 150 metros hasta encontrar el vehículo abandonado, las huellas dejadas por la camioneta alcanzaron una profundidad de hasta 25 centímetros. Los intentos posteriores por retirarla —incluido el uso de una escalera plegable para motos, que terminó enterrada, y de una moto que se usó para trasladarse por la zona— generaron marcas adicionales.
La pregunta que surge de forma natural es por qué no se puede simplemente "aplanar" el terreno para reparar el daño. La respuesta tiene que ver con la propia naturaleza del lugar: se trata de una superficie arcillosa que, en un clima desértico, prácticamente no tiene forma de regenerarse rápido por sí sola, y cualquier intervención con maquinaria pesada para "corregir" el terreno generaría, en los hechos, más huellas y más compactación. La única vía de recuperación es la acción lenta del viento y las lluvias ocasionales a lo largo de años.
Existe además un antecedente reciente que sirvió de referencia para las autoridades: en noviembre de 2025, un grupo de vehículos UTV había ingresado a la misma zona y dejado huellas de entre 10 y 15 centímetros de profundidad. En ese momento, especialistas de la Universidad Nacional de San Juan estimaron que la recuperación natural del área podría demandar entre 40 y 60 años. Como las marcas actuales son considerablemente más profundas, Carbajal advirtió que el proceso podría extenderse hasta un siglo, aunque aclaró que no es especialista en la materia.
El episodio generó un fuerte repudio institucional en la provincia. El vehículo quedó secuestrado por Gendarmería mientras la Justicia de San Juan investiga las responsabilidades del conductor, y las autoridades locales dispusieron el cierre temporal del acceso al área. Carbajal, además, cuestionó públicamente que las multas vigentes —que en antecedentes similares rondaron el millón de pesos— resulten insuficientes frente a un daño de esta magnitud: "Ese monto no guarda relación con el daño sobre un terreno cuya recuperación natural puede demandar hasta un siglo", sostuvo, al tiempo que se reabrió el debate sobre la necesidad de endurecer las sanciones para este tipo de conductas.


